Mensaje automático: Hola, y bienvenido al ‘Teléfono de rescate’ del Departamento de Policía de Springfield! Si conoce el nombre del crimen que se está cometiendo, pulse uno. Para elegir de una lista de delitos, pulse dos. Si está siendo asesinado, o está llamando desde un teléfono de disco, manténgase a la espera.
El caso arriba citado es uno de ésos que es gracioso exclusivamente por su absurdidad: piensas ‘¿Te imaginas que pase algo así en la realidad? ¡Es imposible!’. No crees que alguna vez vaya a pasar algo así. Pero pasa. Y en ese momento deja de ser gracioso.
Este es el caso de una amiga, la cual, teniendo a su madre inmovilizada en la cama y con intensos dolores de riñones, decidió llamar a la ambulancia. Los argumentos presentados por los servicios públicos para no enviar la ambulancia, algunos de ellos al menos, son los siguientes: su casa no está cerca de nuestro centro (tratándose de una ciudad como Alcalá de Henares, no caracterizada precisamente por su gran tamaño), ¡pero si estás en la calle! ¿como que tu madre está enferma?, llamad a un taxi. Gracias a Dios (sí, ése que está caracterizado por su inexistencia), lo que le pasaba no era nada grave y, al final, después de una agotadora lucha, han decidido enviar la ambulancia (la cual se tuvo que desplazar casi 3 km!!!!). Pero… ¿y qué hubiese ocurrido si de verdad le hubiese pasado algo grave? ¿Será que los funcionarios son inmunes a la concienciación sobre la imprevisibilidad de la vida? Lo que para una simple persona es ‘me duele aquí’, para un médico puede ser cáncer.
Esto es una prueba de que la mala organización de los servicios públicos no es una enfermedad sólo de los países subdesarrollados (que llevan en la mayoría de los casos ‘corrupción’ como apellido), sino también en países supuestamente avanzados, como España. Los operadores de los servicios de emergencia dan muestra de una incredulidad de ninguna manera justificable en circunstancias normales. No puedes esperar piedad, ni siquiera comprensión por su parte: están acostumbrados a oír a diario un gran número de casos trágicos, lo cual les induce a la indiferencia (de otra manera les sería imposible trabajar en un puesto similar). Llegados a este punto, puedo afirmar que la verdadera enfermedad de la que somos víctimas es la indiferencia hacia el sufrimiento de los demás. No existe término que describa el actual período de la humanidad mejor que éste: la indiferencia. Eso es lo que es el capitalismo, la ley de la jungla que ya de por sí nos caracteriza, multiplicada: cada uno para sí mismo, el más fuerte sobrevive, etc.
He aquí el problema base tanto en el caso que tratamos como, especialmente, en nuestra sociedad: mientras que tú luchas por tu vida, el operador que te atiende al otro lado de la línea lucha por su sueldo.

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